​Íñigo Errejón tenía razón

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Pablo Iglesias (Ahora Madrid Flickr)

Pablo Iglesias, líder de Podemos. Fuente: Ahora Madrid Flickr


En los inicios de Podemos parecía que esta formación arrasaría en las elecciones. Su líder Pablo Iglesias era el mejor valorado y las expectativas electorales que marcaban las encuestas eran sorprendentemente excepcionales.


Parecía que en un momento de hundimiento del bipartidismo estábamos ante una ruptura con lo existente y el nacimiento de algo nuevo. Era una sensación similar, guardando mucho las distancias, a cuando en la transición el PSOE de Felipe González irrumpió con la idea de cambiarlo todo y nadie lo iba a parar.


¿Qué ha pasado con los morados en menos de 4 años para que Iglesias y los suyos tengan unos pronósticos electorales tan nefastos que incluso les dejan con la mitad de la representación parlamentaria?


Es bastante probable que una gran mayoría respondiera con los temas más usuales. A saber: las guerras internas, el 'casoplón', sus presuntas relaciones con elementos extranjeros, etc. Ciertamente seguro que esto ha desgastado a Podemos de manera muy importante. Pero quizás hay otros aspectos que están en la raíz del problema desde el nacimiento de la formación morada y su desarrollo que son mucho más fundamentales: el modelo de partido y a quien va dirigido su mensaje.


Antes de las elecciones celebradas en diciembre de 2015 el partido de Iglesias presentaba un mensaje transversal que podía ser comprado por la mayoría del electorado, fuera de la adscripción política que fuera. Esto último es fundamental en una democracia de corte parlamentario liberal, ya que facilita el apoyo de amplias capas de la población para lograr una sólida mayoría que permita gobernar.


No es extraño que en aquel momento Podemos huyera de que lo identificaran con formaciones como IU que hubieran lastrado ese objetivo. Incluso Iglesias no tuvo reparos en abjurar de su pasado comunista declarando que ya no lo era. Posteriormente a esos comicios fue cuando todo empezó a decaer, y no solo por no haber conseguido rebasar al PSOE.


Al formar coalición con IU perdieron más que ganaron. Era lógico; aunque pensaran que sumando sus votos a los de Alberto Garzón superarían a los socialistas como segunda fuerza la realidad demostró que lo que sucedió fue que se pusieron una barrera infranqueable para el futuro: la de no ser un partido de masas y encerrarse a la izquierda del PSOE.


Luego han existido otros problemas como no estructurarse como partido a niveles no estatales (principalmente a nivel municipal), lo cual es básico para lograr visibilidad. Un partido de masas, como son el PSOE y el PP, debe batirse el cobre en cualquier lugar, no solo en las ciudades grandes. Eso convirtió a los morados en un gigante con pies de barro.


A partir de ahí mientras que Pablo Iglesias abogó por la línea de la coalición con IU y un giro a la izquierda, su 'segundo' hasta entonces, Íñigo Errejón, siguió con la misma idea que en los inicios de Podemos en cuanto a la necesidad de ser una formación capaz de convencer a cualquiera con un modelo de partido cuyo mensaje fuera transversal y las etiquetas ideológicas no fueran lo más relevante.


Dejando de lado el enfrentamiento interno entre ambos y otras cuitas el paso del tiempo ha mostrado que Errejón llevaba la razón, y que quizás sí hubieran seguido en esa línea hoy Pedro Sánchez no les tendría arrinconados en la esquina izquierda tratándolos como unos posibles aliados si le fuera necesario para seguir en Moncloa.


Los socialistas se han recompuesto en cuanto han tenido un líder sólido sin contestación interna y han centrado su guerra en lanzar un mensaje de centroizquierda capaz de llegar a amplias capas de la población. Precisamente lo que deberían haber hecho Pablo Iglesias y los suyos en su momento. Ahora con un líder quemado y una debilidad alarmante será bastante difícil otra cosa que no sea sobrevivir. 


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