​El curioso caso de España: los candidatos perdedores no dimiten

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Casado y Aznar (Twitter Casado)

Pablo Casado y José María Aznar. Fuente: Twitter Pablo Casado


Año 2000. José María Aznar logra la mayoría absoluta para el PP en las elecciones generales celebradas el 12 de marzo. Esa misma noche su rival del PSOE, Joaquín Almunia, a la sazón secretario general del partido, presenta su dimisión irrevocable del cargo ante el desastre.


Este hecho, que debería ser de lo más normal en una democracia avanzada, resulta hoy ciencia ficción para cualquiera que siga la política española. Aquí los candidatos perdedores se aferran al cargo con uñas y dientes. Y lo consiguen al tener el control de las organizaciones en sus manos.


Por tanto la ciudadanía no pinta nada en la decisión de frenarle para un futuro la aparición de una alternativa razonable. Lo que ha rechazado se le puede volver a presentar sin el menor de los problemas.


El caso de Susana Díaz es paradigmático. Acaba de perder la Junta de Andalucía después de cuarenta años de control de los socialistas y ni por asomo se le ocurre dar paso a savia nueva que pueda arreglar el desastre.


Desde Ferraz le han dejado caer que sería lo mejor, pero claro: ella puede aducir que el mismísimo Pedro Sánchez las dos veces que se ha presentado a unas generales ha logrado los peores resultados del PSOE en toda su historia, a pesar de que ahora tenga la presidencia. ¿Por qué no dimitió él en su día?


En el lado del Partido Popular las cosas no son muy distintas (e incluso es tradicional en su historia). Dejando de lado la eterna candidatura de Fraga hasta que se tuvo que marchar, Aznar se presentó hasta tres veces a unas elecciones para llegar a Moncloa al igual que su sucesor Mariano Rajoy. Presidentes al fin por aburrimiento del personal. Se podrían poner otros tantos ejemplos pero necesitaríamos mucho espacio -que no tenemos- en esta editorial.


Una democracia sana debería contar con mecanismos que facilitaran una democracia interna en los partidos que no permitieran que algunos lo convirtieran en patrimonio propio e inalienable hasta que ellos quisieran. Frenar alternativas nuevas de futuro es, además de un fraude, malo para la salud democrática de un país.


Así lo entendió Almunia en su día: si pierdes te vas. Pero si no lo comprenden habría que tomar medidas que abrieran en canal los partidos y estos dejaran de ser el rancho de unos pocos. Al final son órganos fundamentales de nuestra democracia que no pueden ser propiedad de nadie.


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