​Pedro Sánchez y su Gobierno se arriesgan con promesas difíciles sin tener apoyos ni medios

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La Moncloa difunde imágenes de Pedro Sánchez en su vida cotidiana. Fuente: Europa Press


Los pocos días que lleva el nuevo Gobierno en el poder han sido frenéticos, tanto como los días previos de la moción que sacó de Moncloa a Mariano Rajoy. La dimisión de un ministro y, principalmente, una batería de propuestas sorprendentes y atrevidas así lo atestiguan.


Los ministros nombrados por Pedro Sánchez se han lanzado al ruedo con una serie de propuestas a cada cual más rimbombante que la anterior. Desde fuera da la sensación de que nos encontramos ante un gabinete respaldado por una mayoría absoluta o con suficientes apoyos para lograr tales planes. También se percibe de los mensajes lanzados que el Estado tiene una tesorería desahogada o que la economía española ya ha superado la crisis y toca invertir... pero nada de eso es cierto.


Por un lado están las políticas de gestos que no necesitan presupuesto de ninguna clase. Aquí podríamos situar el perdón pedido por la ministra de defensa Margarita Robles a los familiares del Yak-42 o el diálogo con los diferentes presidentes autonómicos.


En el tema del avispero catalán también lo principal hasta ahora han sido las gesticulaciones y los buenos deseos. Aunque al procesisme algunos de esos gestos no le han gustado (ir segundos en la rueda de presidentes) o son excépticos en general, lo cierto es que el Gobierno socialista ha intentado cambiar el discurso de Rajoy. Así se deben tomar las declaraciones de Marlaska o Batet sobre los presos y el diálogo. Y también el levantamiento del control de las cuentas de la Generalitat.


Otro ejemplo de esta estrategia lo tenemos con el mismo ministro de Interior cuando ha verbalizado que estudiará eliminar las concertinas en la frontera o con la actuación del Estado en el tema 'Aquarius' aceptando la entrada de refugiados en el puerto de Valencia enmarcándolo en una política general de solidaridad.


Hasta aquí todo muy bien. El problema son las propuestas que necesitan de apoyos de terceros o de un gran desembolso económico. Estas son las que se le pueden girar en contra en la estrategia comunicativa de Pedro Sánchez de aquí a que se convoquen elecciones y el PSOE busque electoralmente -el objetivo real de la moción y del actual Gobierno- una sustancial mejoría en sus resultados.


Así temas vestidos ante la opinión pública como objetivos, tales como la vuelta de la sanidad universal, la supresión de la reforma laboral, eliminar los peajes y potenciar el corredor Mediterráneo, recuperar el Estatut catalán o llevar a la realidad una Ley de Memoria Histórica más ambiciosa no son moco de pavo.


Con el número de diputados que tiene el PSOE hoy en día no da ni para encender un ordenador para redactarlos e imprimirlos. Pero parece ser que Pedro Sánchez no le tiene miedo al envite y apuesta por lanzar estas promesas sin enseñarnos como las piensa cumplir.


Los socialistas no han querido llegar a pactos fijos con Podemos u otras formaciones, por lo que están dando por hecho una cosa que no tienen (y que en el caso de los morados han rechazado): una mayoría parlamentaria estable.


Otros temas necesitarían de grandes pactos de Estado con un Partido Popular que estando descabezado no es ahora un interlocutor válido... y dependiendo del líder que sea elegido igual no lo es nunca mientras dure esta legislatura. Por otra parte Ciudadanos sólo quiere elecciones y por supuesto es bastante difícil que apoye a Sánchez en cualquier medida para alargar su mandato.


El PSOE está obligado a gestionar algunas frustraciones que generarán el incumplimiento de muchas de estas promesas porque está claro que su situación real es muy precaria en el Gobierno como para llevarlas a cabo. Si consigue aumentar exponencialmente su apoyo electoral en los próximos comicios habrá valido la pena desde su punto de vista aguantar sin convocar elecciones.


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